Cada noche Kara tomaba de sus pechos el amor, el silencio,
el ser. Reía cuanto suspiraba, gemía entre los brazos de algún hombre. Cada
noche, su cuerpo sentía aquel placer que sólo los más experimentados conocen.
Esas ganas de saber a menta y oler de su cuerpo varonil el tabaco que había
fumado, un olor tan penetrante y duradero como los placeres que le producía el
tener sexo con cualquiera. El placer de obtener una recompensa por dar placer.
Los metía en su cama con risas, alcohol, y un pase especial
de bienvenida al cielo de las putas hadas donde todo, absolutamente todo, se
hace realidad. Siempre era lo mismo: un hotel de lujo, la mejor habitación, la
mejor cena, las mejores bebidas, el cuerpo envidiable, la juventud deseada, la
belleza prohibida, el vestido adecuado, el maquillaje perfecto. Era todo un
ritual y una rutina. Kara era algo o alguien que nadie despreciaba. “Ningún
hombre por pendejo que sea, me dejaría con las ganas. Ni siquiera tú”.
Un perfume caro y perlas en el cuerpo eran el arma perfecta
para cualquier hombre. Bajar al bar a tomar una copa, cerrar el ojo el ojo al
millonario y tenerlo en la cama era su labor. A la mañana siguiente, despertar
enredada entre sábanas, sin él y con un fajo de dólares, era un agradecimiento de entero placer
erótico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario