jueves, 16 de mayo de 2013

KARA



Cada noche Kara tomaba de sus pechos el amor, el silencio, el ser. Reía cuanto suspiraba, gemía entre los brazos de algún hombre. Cada noche, su cuerpo sentía aquel placer que sólo los más experimentados conocen. Esas ganas de saber a menta y oler de su cuerpo varonil el tabaco que había fumado, un olor tan penetrante y duradero como los placeres que le producía el tener sexo con cualquiera. El placer de obtener una recompensa por dar placer.
Los metía en su cama con risas, alcohol, y un pase especial de bienvenida al cielo de las putas hadas donde todo, absolutamente todo, se hace realidad. Siempre era lo mismo: un hotel de lujo, la mejor habitación, la mejor cena, las mejores bebidas, el cuerpo envidiable, la juventud deseada, la belleza prohibida, el vestido adecuado, el maquillaje perfecto. Era todo un ritual y una rutina. Kara era algo o alguien que nadie despreciaba. “Ningún hombre por pendejo que sea, me dejaría con las ganas. Ni siquiera tú”.
Un perfume caro y perlas en el cuerpo eran el arma perfecta para cualquier hombre. Bajar al bar a tomar una copa, cerrar el ojo el ojo al millonario y tenerlo en la cama era su labor. A la mañana siguiente, despertar enredada entre sábanas, sin él y con un fajo de dólares,  era un agradecimiento de entero placer erótico.

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